En el umbral de la vida

Ahora, Abrir puertas y ventanas se revela como algo todavía más significativo que en el momento de su estreno mundial: película intimista pero no cerrada sobre sí misma, se trata a la vez de la culminación de un cierto nuevo cine argentino —con todos los matices y diferencias, el que va de Lisandro Alonso a Matías Piñeiro, de Lucrecia Martel a Celina Murga— y de su apertura hacia otros horizontes.

Carlos Losilla

Tres hermanas viven en la casa familiar sin presencia adulta, tras el fallecimiento de la abuela. No pasa nada, no suceden grandes acontecimientos ni las conversaciones entre ellas albergan temas trascendentes. Pero a través del modo en que se mueven, en que se relacionan con el decorado de la casa y el jardín, en que dejan caer unas cuantas alusiones al pasado o a la incertidumbre del futuro que les espera, la película acaba bosquejando un retrato colectivo, y varios individuales, de un grupo familiar marcado por el desamparo y la ausencia, un tema que se repite amplificado en La idea de un lago. Falta aire, en efecto, que circule en medio de esas relaciones entre las que no cabe la sinceridad, quizá porque su aparición tampoco significaría nada. Y Mumenthaler maneja todos esos elementos con la misma distancia que aparece entre los cuerpos, pero también dejando entrever la fragilidad, la quiebra emocional que esconden esos personajes aparentemente fríos e indolentes.

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