Restauración

Con ocasión del estreno en Francia de El león duerme esta noche la revista Cahiers du Cinéma en su número 739 publica este hermoso texto de Jean-Philippe Tessé sobre la película de Nobuhiro Suwa.

Jean-Philippe Tessé

¡Viva el rey! Habíamos dejado a Jean-Pierre Léaud sobre un lecho de muerte, el de Luis XIV, en la agonía del Rey Sol filmada por Albert Serra. La muerte de Luis XIV era tanto un estudio pictórico sobre un cuerpo acostado, poderoso y moribundo, como una celebración ambigua del genial actor y, por tanto, metáfora sórdida sobre la muerte del cine. Disposición mortal, museo-cinéfilo-fetichista, un crimen de lesa-majestad que neutralizaba la de un Léaud tan maquillado y peinado como el propio film. Es un placer volver la Jean-Pierre Léaud en El león duerme esta noche, donde recupera sus derechos como actor, que lo devuelven en piernas, brazos, sonrisa, cabellos, miradas. Sin embargo, el film de Nobuhiro Suwa abre con una cuestión terrible: acostado en pijama, el actor Jean le confiesa al director que tiene un problema: no sabe interpretar la muerte. Para responder a esta cuestión cada quien tendrá su respuesta. La película responde con su luz, una luz de verano y vacaciones en la costa sur francesa, a la orilla del mar azul que distinguimos al final de los callejones. Jean, con una sabiduría inventada por él mismo explica que la muerte es un encuentro; el momento más importante de la vida de un hombre es entre los 70 y los 80 años porque es la edad en la que se prepara para este encuentro. Jean-Pierre Léaud, en palabras de su padre, el escritor, guionista y dramaturgo Pierre Léaud: «Hace falta caminar toda la vida, mano a mano con la muerte». Nobuhiro Suwa organiza estos encuentros, entre los vivos y los muertos, las fantasma pequeñas y las grandes.

El león duerme esta noche es un film sobre la muerte pero sin morbilidad alguna. Tampoco muestra ningún fetichismo cinéfilo, a pesar de que realice un viaje por el. La grabación de Jean se interrumpe y el actor aprovecha las improvisadas vacaciones para visitar a una amiga, Marie, que vive en la región. Esta amiga está encarnada por Isabelle Weingarten, la inolvidable Gilberte en La mamá y la puta (Jean Eustache, 1973). Pero el encuentro, si bien es emocionante, es breve, abortado: «Creo que no es a mí a quien viniste a ver», le dice Marie a Jean. El filme esquiva el mito, se desvía enseguida para sumergirse en la ficción que el encuentro entre los dos amantes actores había dejado suspendida. A quien Jean vino a ver realmente es una persona muerta. Vivía en una gran casa hoy abandonada donde Jean se queda dormido. Ella aparece de pronto, con toda su juventud, frágil Ofelia muerta hace cuarenta nos. El diálogo entre el hombre vivo y su amor fantasma se interrumpe enseguida por un grupo de chicos que invaden la casa cámara en mano para grabar una película en el marco de un curso de verano. La película se convierte en el guion de esta filmación, con el intercalado de los diálogos entre el actor y el fantasma. Cierto que las intenciones y el tema del film son bastante evidentes, pero eso no importa. Lo que cuenta es esa manera de retomar todo desde cero, al nivel de la infancia, con la torpeza que podemos tener con 9 o 12 años. Y el tipo de escucha que esto supone, flotante, entrecortada, precaria, que remite en algún sentido a los primeros filmes de Nobuhiro Suwa (2 / Dúo, M / Other).

Hay una emoción verdadera al ver a Jean-Pierre Léaud rodeado de un grupo de aprendices de cineastas que, al descubrir los rudimentos del cine, afrontan la creación desde cero. El actor, con su eterna e inaprensible estrañeza, encuentra una inesperada piedra de toque con los chavales agitados (cuando graban la película) o fatigados (de vuelta de la expedición en el autocar) y evoluciona junto a ellos combinando dulzura y distancia, sin jamás ceder a una ternura simplificadora. Además, es capaz de recuperar la pregunta que le preocupa («cómo interpretar la muerte?») en una escena a la majestad titubeante, frágil y sorprendente del actor más extravagante de la historia del cine. La respuesta de Léaud no se dice con palabras, sino con su rostro sobre la cama: para interpretar la muerte, para sentir que el encuentro con ella se aproxima más día a día, no hay que cerrar los ojos como hacen los cineastas sin imaginación. Es preciso mirar a la cámara que se acerca.

Otras noticias